viernes, 24 de febrero de 2012

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS. En mi blog, espero os guste.


SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS


CUARESMA 2012



INTRODUCCIÓN.-

         Getsemaní, ahí empieza el drama, entre olivos y oración angustiada, entre olivos y sudores de sangre, entre olivos antorchas y palos, entre olivos y beso traicionero, entre olivos y espadas afiladas, entre olivos, sueños y huidas.

        El viernes es el día de la muerte, ya de madrugada, Jesús es arrestado y llevado preso ante los líderes religiosos de Jerusalén, estos le buscan ilegalmente por los delitos de sedición y blasfemia, poco después el galileo es llevado ante un gobernador cobarde, Poncio Pilato, y ante un político corrupto, Herodes Antipas, para ser azotado, golpeado, torturado y condenado a muerte, entonces es presentado ante el pueblo junto a Barrabás, un criminal habitual, para que la masa escogiera uno de ellos para ser liberado, como era costumbre por las fiestas de Pascua, y la turba, sedienta de sangre, escoge al justo como la víctima que había de morir en la cruz, no hay esperanza, el galileo se dirige hacia la cruenta muerte en la cruz, allí, junto a los clavos y el madero, encontrará la voluntad de Dios para su vida, allí dirá las siete palabras, siete frases que resumirán su obra, su trabajo, su misión en beneficio de la humanidad entera.

Por tus siete palabras despeñado

corre, río de amor, hasta la hondura

la voz que, descendiendo de la altura,

viene a regar mi huerto deshojado.

Sólo siete palabras. Un alado

y celestial revuelo sin presura;

siete castas palomas. Abandonado

no me dejes, Señor, y con tu acento,

hazme callar el impaciente grito

pendiente de un silencio y un sudario.

Las siete para mí. Las siete, viento

que me lleve contigo al infinito.

Las siete, en mi perfecto diccionario.



(Rafael Fernández Pombo)


SALUDO.

         Siete palabras, hermanos y hermanas, sólo siete palabras.

         No se necesitaban más, sólo siete, recuerda el poeta. Siete palabras pronunciadas para ti y para mí, siete palabras pronunciadas para el mundo. Siete palabras que nadie se atrevió ni se atreverá a pronunciar nunca.

         Esas siete palabras llenaron de luz y de esperanza, de perdón y de misericordia, de amor y de ternura, las tinieblas del Viernes Santo, y quieren hoy, llenar de luz y de esperanza tu vida.

         No soy yo quién las va a pronunciar, es Él, desde lo alto, desde el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, donde fue levantado como Moisés levantó la serpiente en el desierto: “porque lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn. 3,14-15).

         Y las pronuncia, en esta Cuaresma, para que la luz de la primavera que alborea,  disipe las tinieblas del Calvario, para que el olor a nardo,  clavel y lirio, perfumen el aire, para que las aguas saludables de nuestros ríos, marismas y esteros laven tanto dolor y tanta muerte.

         Él las pronuncia, experimentando, como tu y como yo, el abandono:

         “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 15,33; Mt. 27,45).

         Es la pregunta de ayer, de aquel Viernes Santo, desde ese monte llamado Gólgota, y es la pregunta de hoy, la tuya y la mía, cuando el sufrimiento, el dolor, el fracaso, la incertidumbre, las dudas nos atenazan. Hay quien dice que es la pregunta del débil y del descreído, la pregunta de los que no tienen confianza, pero es la pregunta que legitima todo un Dios desde la cruz, adelantándose a la tuya y a la mía, porque son esas palabras las que nos abren, de par en par, las puertas de la misericordia y del perdón.

         Jesús sabe mucho de eso, de perdón. Jesús sabe mucho de misericordia.

Hoy Jesús quiere mirarte, como miró al joven rico y lo amó. Lo amó con entrañas de misericordia, y lo miró traspasando su alma atada a las cadenas del que tiene mucho que perder y poco que ganar.

Por eso Jesús perdona siempre al que ama siempre, porque al que mucho ama, mucho se le perdona.

¡El amor! Origen y meta y sentido de la entrega, de la generosidad, del desprendimiento. Todo es posible si se hace por amor, hasta el sufrimiento y la muerte, porque no hay amor más grande. Más sublime, más patente que el que da la vida por los amigos.

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

Hoy sólo  pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

Siete Palabras, sólo siete Palabras. Viento, que me lleve contigo al infinito. Escuchadlas.

PRIMERA PALABRA

“PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc. 23,34)

         La  primera Palabra nos revela la humanidad de Jesús, en el momento de agonía y de muerte, su primera Palabra es una oración, dirigida en forma personal al Padre celestial, oración por medio de la cual intercede por los asesinos que le crucificaban. Jesús llama a Dios Padre, hablándole de una forma íntima y personal, Jesús llama a Dios Padre para subrayar una profunda comunión con el creador de todo y en su oración al Padre, pide misericordia para aquellos que lo están crucificando.

¿Y cómo no iba a perdonar aquel que le dice a Zaqueo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido?” (Lc. 19,9-120).

¿Y cómo no iba a perdonar aquel que le dice a la mujer pecadora: “tus pecados te son perdonados... tu fe te ha salvado, vete en paz”? (Lc. 7,48-50).

¿Y cómo no iba a perdonar aquel que dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”?  (Mc. 2,17).

Jesús intercede por aquellos soldados que se repartían sus vestidos al pie del árbol de la cruz y echaban a suerte su manto, soldados que no sabían lo que hacían porque solo obedecían la férrea disciplina militar del ejército romano, sólo seguían las órdenes de Pilato, el gobernador de Judea, éste había cedido a las presiones de los líderes religiosos, que deseaban ver muerto al profeta galileo, por eso hoy, los soldados asesinan a Jesús, considerándolo un reo más, otro condenado a muerte por el regente romano.

Jesús intercede además por aquellos que le condenaron. En su oración, el caminante de Nazaret, intercede ante Dios por Pilato, quien le condenó a la cruz después de una profunda lucha consigo mismo, del mismo modo Jesús intercede por Herodes Antipas, el desquiciado gobernante judío, que veía en Jesús la reencarnación de Juan el Bautista.

Jesús intercede por los fariseos y saduceos, los líderes religiosos judíos, quienes le mataban pensando que hacían un servicio a Dios, aunque lo que estaban haciendo es intentar salvarse a ellos mismos.

Intercede por la masa del pueblo, esa muchedumbre que aún hoy, es llevada de un lado para otro por cualquier líder hábil que presente lo malo como bueno y lo bueno como malo.

Así de generoso es el Dios revelado en Jesucristo. Con Él siempre tenemos una nueva oportunidad; no le importará que nuestras faltas sean tan evidentes que nadie, ni Él mismo pueda negarlas; no le importará que todos, y con razón, se nos hayan echado encima. ¿O no fue evidente la acusación, la condena y la ejecución de Jesús? ¿Y no fue evidente que los que unos días antes lo aclamaban en su entrada en Jerusalén, pidieran ahora en masa su muerte?.

En Él tenemos el mejor abogado, la defensa mejor, el indulto seguro y asegurado, el olvido permanente.

Con un Dios así, ante quien no prevalecen nuestras faltas tanto cuanto su deseo de que no las repitamos, tenemos prohibido el temor, el desaliento y la desesperanza. Es Él lo único que no podemos perder si no queremos perdernos del todo.

Jesús intercede en la cruz por toda la humanidad, dejando claro, que esa será su misión, la de presentar a la humanidad al Padre celestial, en este sentido Jesús intercede por ti y por mi y por todos nosotros delante de Dios, intercede porque cuando nos apartamos de Dios y atentamos contra la dignidad de los hermanos, tu y yo, tampoco sabemos lo que hacemos.

Oh Dios, que eres amor, misericordia,

perdóname del todo mis pecados,

alíviame del peso que me oprime,

límpiame de mi sangre y de mi barro.

Dirige tu mirada compasiva

sobre aquellos que me han crucificado,

manchados todos, todos responsables, pero...

para bien o para mal somos hermanos.

Quiero pedir en ellos y por ellos,

de sus pecados me hago solidario.

Mira, Señor, no tengo que ofrecerte,

te ofrezco un corazón ya perdonado,

y te ofrezco mi amor agradecido,

y me pongo, mi Dios, en tu regazo.


SEGUNDA PALABRA

“HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO” (Lc. 23,43)

         No es lo que está roto, no,

el agua que el vaso tiene;

lo que está roto es el vaso,

y el agua al suelo se vierte.

         No es lo que está roto, no,

la luz que sujeta el día;

lo que está roto es su tiempo,

y en la sombra se desliza.

         No es lo que está roto Dios

ni el campo que Él ha creado;

lo que está roto es el hombre

que no ve a Dios en su campo.

         Imaginemos el cuadro, el justo, el fiel, el verdadero, el Santo de Dios, está crucificado entre dos criminales en el monte de la calavera, y si digo criminales es porque la crucifixión era el castigo más violento y despiadado que se conocía en el mundo romano, al crucificado se le colocaba en lo alto de una cruz, para morir asfixiado  por el peso de sus propios músculos desgarrados sobre su pecho. En la cruz el hambre, la sed, la infección, carcomían al condenado, además los judíos consideraban que cualquier crucificado quedaba condenado por la ley de Moisés según el libro del Deuteronomio: “Si un condenado a muerte es ejecutado colgándolo de un árbol, su cadáver no podrá quedar allí durante la noche, sino que lo enterrarán el mismo día, pues el que muere colgado de un árbol, es maldito de Dios, y tú no debes manchar la tierra que el Señor tu Dios te da en heredad” (Dt. 21,22-23).

Por eso lo crucificaban en alto, para que no contaminara la tierra.

Jesús es crucificado, es levantado entre dos crucificados, es levantado en el árbol de la cruz, entre dos malhechores que padecían justamente, así lo confiesa uno de ellos. El cuadro es impresionante, en el momento en que los tres condenados a padecer fueron elevados en sus cruces, comienza una dolorosa conversación, la de uno de ellos que se burla de Jesús y le pide un milagro si de verdad es el Hijo de Dios, que baje de la cruz y de paso que le baje a él también, “lo que está roto es el hombre que no ve a Dios en su campo”.

Entonces entra en escena el otro malhechor que después de recriminar y callar a su compañero, se dirige a Jesús, seguramente con mucha dificultad, que se acuerde de él cuando venga en su reino, sí, lo oyen bien, el primero en reconocer al crucificado como Señor, fue otro crucificado, un marginado, desechado por la sociedad, es quien recibe la revelación divina que le permite reconocer en Jesús al Mesías prometido.

A lo largo de su evangelio, del que este texto es exclusivo, Lucas nos presentas a Jesús como el nuevo hombre o nuevo Adán, origen de un nuevo pueblo. Y si el viejo adán, el hombre – de – pecado, cerró a la humanidad las puertas de la felicidad y de la vida –simbolizadas en el jardín o paraíso del que nos habla el Génesis, Jesús reabre el camino de la vida, porque Dios y el hombre se han reconciliado en un mismo amor, y en este amor toda la humanidad encuentra el camino del abrazo universal.

Adán cerró el paraíso no aceptando su condición de hombre, Jesús lo abre en este momento final en que, venciendo su tentación, acepta hasta las últimas consecuencias su ser hombre. Jesús ingresa primero al jardín de la vida. Tras él siguen todos aquellos que con sus mismos sentimientos viven esta experiencia de hombres nuevos.

Su gesto supremo de perdonar a sus enemigos y de salvar al malhechor arrepentido en el último momento es el símbolo extremo de un Dios cuyo amor no tiene límites.

Hoy estarás conmigo en el jardín de la vida. Mientras el otro malhechor –posiblemente un celota sedicioso- rehuye su responsabilidad, el otro la acepta, y asume toda su vida en un momento en que se juzga a sí mismo y se regenera de su pasado. Porque eso es morir para el hombre de fe: encontrarse consigo mismo en una opción suprema y definitiva. Y esa muerte engendra vida nueva. El hombre nuevo nace en la cruz de la entrega. Del seno oscuro de la tierra, ensangrentada por tantos odios, surge la nueva raza que corta, definitivamente, el cordón umbilical de la opresión. En la cruz muere un pasado; y el futuro maravilloso hacia el que el hombre camina se hace presente... Hoy tienes vida.

Esto, amigos, es una buena noticia para todas aquellas personas que han sido crucificadas a la cruz de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento, de la pobreza, de la marginación, del desempleo, del desamor. A ellos yo les digo: ¡Hoy tienes vida!.

Sólo sabemos de él que era ladrón;

así se confesaba arrepentido.

Miró a Jesús paciente, malherido,

y algo se conmovió en su corazón.

Sintió su indignidad, su corrupción,

pero sintió a su vez que era atraído

por el rey misterioso, que al oído

le decía palabras de perdón.

Sus lágrimas lavaban el pecado,

y renacían los anhelos puros.

“Acuérdate de mí, tenme a tu lado,

en tu reino de amor, hogar seguro”.

Y le dijo Jesús transfigurado;

“Hoy estarás conmigo, te aseguro”.

TERCERA PALABRA 

“MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO, HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE”. (Jn. 19,25s)

·        ¿Dónde estaban todos?.

·        ¿Dónde estaba Pedro, el rudo pescador de galilea, el de las grandes confesiones y el de las grandes dudas, aquel de: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y hasta a la muerte” (Lc. 22,33)?.

·        ¿Dónde estaban los que le pidieron los primeros puestos en su Reino? (Mc. 10,35-37).

·        ¿Dónde estaban los que le dijeron: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido...” (Mc. 10,28).

·        ¿Y los leprosos limpiados? ¿Y los ciegos que recobraron  la vista? ¿Y los paralíticos que soltaron su camilla?.

Posiblemente asustados, acobardados, con una tremenda sensación de fracaso y decepción absoluta, y mirando desde lejos.

Al final, aquel que lo había dado todo, está en la más absoluta soledad.

Solo su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena, y Juan el discípulo amado, que no apartaba a María de su lado, confortándola con su brazo y con su abrazo, estaban al pie de la cruz. (Jn. 19,26).

María es la madre de Jesús, de la Palabra que “puso su tienda entre nosotros” y que está siempre presente en el corazón de los hombres. El Concilio Vaticano II nos dijo, que: “con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz” (LG. 62).

         La vida de Jesús, para Juan, se cierra en el Gólgota, con María, que se mantiene al pie de la cruz. Ella está allí para confortar, con su corazón de madre, al Hijo en la “hora” suprema de su sacrificio. Es la “hora” en la que se cumple también la profecía del anciano Simeón, y que ella recordaría muchas veces a lo largo de los tres largos años de predicación de su Hijo: Una espada te atravesará el alma” (Lc. 2,35).  Puede que sea ésta la “hora” a la que se había referido Jesús durante la boda de Caná de Galilea.

         María está junto a la cruz, dispuesta a recoger la última palabra del Hijo, dispuesta también en ese instante supremo a hacer todo lo que él diga, abriéndose a su futuro de Madre de la Iglesia.

         El Ángel le había dicho que su hijo sería grande y que su reino no tendría fin, sin embargo ahora Él está allí, condenado como un malhechor, agonizante, “despreciado y desecho de hombres, varón de dolores” (Is. 53,3). Su fe alcanza el heroísmo.

         María es la madre de Jesús, pero Jesús ve junto a la cruz a la “mujer” que los profetas habían llamado a vencer a la antigua serpiente y destinada a recoger con Él los frutos de la merecida victoria.

         Juan no refiere ninguna palabra de María junto a la cruz. El diálogo no se realiza sólo con palabras. Una madre al lado del hijo que está ejecutado es en sí misma un lenguaje: el lenguaje elocuente de la presencia. De una presencia silenciosa que significa participación viva y total aceptación del misterio que se cumplía.

         La misión de María no había concluido. Ahora se le confía otra tarea, la de hacer crecer en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres a Juan, el discípulo al que el Hijo amaba, el símbolo de la Iglesia. María, el primero y el más importante testigo de Jesús, tiene ahora que contarle a Juan todo lo que sabe del Hijo. Por eso Juan desde aquella hora la acogió en su casa. La introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su yo humano y cristiano.

         María está hoy aquí para todas las madres del mundo y especialmente, para las que han vivido la tragedia de perder un hijo y, a través de ellas, para todos los adultos y niños del mundo. La vida que Jesús nos está dando con su muerte, es la que su Madre le había dado a Él. María es la mujer fuerte, la nueva Eva que da a luz a la nueva Humanidad, renacida de la sangre de Cristo. Esa Humanidad que tiene a Dios como Padre y la Gloria como patria. Una humanidad más fuerte que la muerte.

María, Madre mía, Madre nuestra. Paz y Angustias, Rosario y Mayor Dolor, Salud y Victoria, Amargura y Soledad, Socorro y Esperanza del Mar, Rocío de gracia y de ternura. ¡Ven a recorrer con nosotros el camino de nuestra vida.

Allí, junto a la cruz, la madre amada

y el discípulo Juan, a quien quería;

estaba ella cual Madre del Mesías

pero estaba de nuevo embarazada.

A la cruz con espíritu abrazada,

¡qué dolores de parto sentiría!,

¡cuántos hijos de nuevo alumbraría!;

y otra vez la serpiente derrotada.

Jesús miró a su madre con ternura

y al discípulo fiel, siempre cercano;

“este es tu hijo, mujer, nueva criatura,

primero de muchísimos hermanos;

y ésta es tu madre, Juan, que te da a luz

bajo el árbol de vida que es la cruz”.


CUARTA PALABRA

“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

(Mc. 15,33 / Mt.. 27,45)

En este momento llegamos al punto más profundo de la cruz, Jesús se siente desamparado por Dios su Padre, este es probablemente el texto más misterioso de los que estamos proclamando hoy. ¿Cómo es posible que Dios abandone al Justo? ¿Cómo es posible que el Padre abandone al Hijo amado en el que se complace? ¿Cómo es posible que Dios se desampare a sí mismo?.

Aquí tocamos el misterio de la encarnación, Jesús en su vida terrenal nunca se identificó con los poderosos, nunca se identificó con los grandes de este mundo, sino todo lo contrario, nació humilde en un establo, en el seno de una familia pobre y vivió en una pequeña aldea de Galilea de la que se decía no podía salir nada bueno, no en la grandeza de Jerusalén, y en el momento en que es tentado por Satanás ofreciéndole todos los reinos de la tierra, Jesús toma una decisión, le dice no a las riquezas, le dice no al poder, le dice no a los príncipes de este mundo, su opción es por otro reino, el de Dios, entonces se lanza a predicar diciendo: “El Reino de Dios se acerca, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc. 1,15).

Este nuevo Reino se distingue de los reinos de este mundo, porque afirma que la justicia y la paz ha comenzado a manifestarse en la tierra, y en esa manifestación, Dios se identifica con el ser humano pecador, desamparado, por eso Jesús sana enfermos, perdona a los pecadores y come con ellos, devuelve la vida a los que la han perdido, consuela a los tristes y predica el evangelio a los pobres, el reino nos llama a identificarnos con los pobres, con los que sufren, con los que viven en desamparo.

Ahora podemos comenzar a entender el significado de las palabras del crucificado, Jesús cita el Salmo 21, porque vino a identificarse con los pobres, los humildes, los pecadores, los separados de Dios, con quién se sabe imposibilitado de alcanzar salvación:  

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

A pesar de mis gritos, no acudes a salvarme;

Dios mío de día te llamo y tú no me respondes,

de noche, y tú no me haces caso;

pero Tú eres santo...

En ti esperaron nuestros padres,

esperaron en ti y no fueron defraudados...

Más tú, Señor, no te quedes lejos;

Fuerza mía, ven corriendo a ayudarme” (Sal. 21).

         En este sentido, el grito de Jesús en la cruz, tiene el propósito de señalar el profundo abismo que existe entre Dios y la humanidad, al clamar su desamparo, su abandono, Jesús revela, en el sentido más profundo de la palabra, que todos nosotros somos desamparados, todos estamos necesitados de amparo, de salvación, Jesús vino a identificarse contigo y conmigo, su desamparo es nuestro desamparo, su muerte es nuestra muerte.

         El grito doliente del Verbo encarnado recoge, el dolor de todos los que sufren las consecuencias terribles de la injusticia, del cinismo, de la autosuficiencia, de la ceguera de la razón, en definitiva, del pecado. 

         Jesús está sufriendo, pero sufre especialmente el escarnio de su pueblo; sufre el escarnio de la muerte humillante de todas las victimas de la cultura de la muerte: los ancianos abandonados y solos, los niños abandonados por la guerra o por el hambre, los no nacidos; las mujeres maltratadas. Tantos y tantas que sobreviven con un salario de hambre. Tantos y tantas sin una vivienda digna, sin un trabajo estable. Tantos y tantas viviendo, durmiendo, muriendo, en la calle.

         “Tú, señor, que asumiste la existencia,

la lucha y el dolor que el hombre vive,

no dejes sin la luz de tu presencia

la noche de la muerte que lo aflige.

           Te rebajaste, Cristo, hasta la muerte,

y una muerte de cruz, por amor nuestro;

así te exaltó el Padre, al acogerte,

sobre todo poder de tierra y cielo.

Para ascender después gloriosamente,

bajaste sepultado a los abismos;

fue el amor del Señor omnipotente

más fuerte que la muerte y que su sino.

         Cuando la noche llegue y sea el día

de pasar de este mundo a nuestro Padre,

concédenos la paz  y la alegría

de un encuentro feliz que nunca acabe.”


QUINTA PALABRA

“TENGO SED”

(Jn. 19,28)

         Eran casi las tres de la tarde...

         Era la hora de la sed.

         Y aquel que dijo: “El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la escritura de sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn. 7,37). Ahora tiene sed.

         Era la hora de la sed.

         Y el que le dijo a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “dame de beber”, le pedirías tú y él te daría agua viva” (Jn. 4,10). Ahora tiene sed.

         Era la hora de la sed.

         Esta quinta Palabra no puede ilustrar mejor la humanidad de Jesús, el crucificado, no es alguien que aparenta morir en la cruz o que cumple una formalidad  en el plan divino. Jesús de Nazaret fue un hombre verdadero, su dolor fue tan real como el nuestro, su sufrimiento tan duro como el de cualquiera de nosotros.

Jesús tiene sed, tiene sed para que se cumpla la profecía: “Mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar, me aprietan contra el polvo de la muerte” (Sal. 21,15), y  también San Mateo recuerda el Salmo 69: “Veneno me han dado por comida, en mi sed me han dado vinagre” (Mt. 27,34 / Sal. 69,2), su sed es real, es la sed de un torturado que se levanta en el árbol de la cruz, en representación de todo el género humano, ahora bien, escondido en este texto, hay algo que considero importante, el evangelio de Marcos afirma que el vinagre que le ofrecían a Jesús es vino mezclado con mirra (Mc. 15,23), en ese tiempo esa mezcla se hacía con el propósito de drogar al penitente, se le daba el brebaje para que la pena del crucificado no fuera tan amarga, se creía que eso podía  ayudar al crucificado a olvidar el dolor.

         ¿No les parece conocido este cuadro?, nuestra sociedad, que nos la venden tan próspera y avanzada, vive, en muchos aspectos, momentos tan amargos que muchas personas desean escapar de la realidad, por eso tantos abusan del alcohol o de las drogas, están buscando en lugares equivocados, están bebiendo de cisternas de aguas corrompidas, por eso muchas personas buscan en cualquier parte la felicidad que no encuentran en la vida ordinaria, incluso muchos buscan en la Iglesia algo que les ayude a olvidarse de sus problemas, pero no algo que les ayude a afrontarlos con valentía el día a día, pero el crucificado nos enseña otro camino, sí, otro camino, Jesús no acepta el brebaje que le daban, quería conservar la plena lucidez en esa hora oscura por la que estaba pasando, Jesús no quiere escapar de esa situación, como nunca escapó de ninguna situación difícil.

         Es cierto que dijo: “Padre mío, si es posible, aparta de mi este cáliz...”, pero también dijo: “...Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”(Mt. 26,39).

         En este momento enfrenta la copa amarga y enfrenta a la turba que viene a prenderle con antorchas y palos como a un ladrón, Jesús enfrenta las situaciones difíciles, sin la violencia de Pedro y sin la cobardía de los discípulos que huyeron.

         Aún en la cruz se niega a escapar, se niega a tomar el vino drogado, se niega a dejarse vencer por la cobardía. Jesús sabe que la única forma que hay de vencer los problemas es dándoles la cara.

                   Que llueva sin parar, pero que llueva

un diluvio de gracia y de bálsamo;

que llueva la justicia, la ternura,

que llueva Dios, amor hecho regalo;

que se empape la tierra del Espíritu,

que nazca flor de Dios en nuestro campo.

         Y  fue verdad, que el agua del Espíritu

diluvió sobre un seno inmaculado;

brotó fruto bendito en nuestra tierra,

arco iris palpitante, enamorado;

y todo empezó a oler a tierra nueva,

cuando la esponja empapó sus labios.


SEXTA PALABRA

“TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn. 19,30)


         Tres palabras, nunca tres palabras habían dicho tanto como éstas, nunca una frase tan corta, había tenido un sentido tan profundo. “Todo está cumplido”, esto es un grito de victoria, la obra salvífica de Jesús estaba cumplida, ahora el mundo tiene una oportunidad de salvación.

         Con su inminente muerte, libremente asumida, el Hijo cumple hasta el final la misión que había recibido del Padre. Y para terminar el diálogo constante que había mantenido con Él día y noche, durante toda su vida, se lo va a decir ahora con el hilo de voz que le quedaba: “Todo está cumplido”. La misión fue dura. Pero está cumplida. Ha sido duro revelar a Dios como quien sufre con el hombre el precio de sus culpas y de su sinrazón. Tuvo que haber una cruel oposición. Pero Dios se ha revelado así y, al mismo tiempo, el ser humano por fin ha cumplido su parte; ha cumplido en Jesús. El viejo Adán tiene un nuevo punto de partida para llegar a Dios, porque Dios mismo ha venido a cargarlo sobre sus hombros. El ser humano ha sido rescatado de su absurdo, de su sinrazón culpable. La creación atisba el cumplimiento de su destino de Gloria y de vida. El enemigo del Creador y del género humano ha perdido la batalla. La creación no fracasará. Está ya convirtiéndose en libre y gozosa alabanza del Amor creador, en gloria de Dios. Porque Jesús lo ha cumplido todo.

         Con su obediencia perfecta, Jesús ha llevado a la humanidad hasta el corazón del Padre.

         Pero faltaba algo: “...uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua...”  (Jn. 19, 35).

         Jesús, Cordero de Dios, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, comienza a cumplir sus funciones: tal como lo había prometido, su corazón se convierte en fuente de la Nueva Alianza. Sangre y Agua surgen de Él. La Sangre de la alianza nueva y eterna, la misma que bebemos en la Eucaristía como señal de nuestro pacto de amor con Dios y con los hermanos. Y el Agua del Bautismo en la cual nos hemos sumergidos para renacer como “nuevas criaturas”.

         Hoy la Iglesia prolonga en el tiempo y en el espacio este misterio de salvación. En ella Jesús sigue presente otorgando, como en la cruz, su “Espíritu” a quienes creemos en el testimonio de los que vieron y creyeron.

         Muerto Jesús, nacen la Iglesia y los sacramentos, Cristo muerto en la cruz dejó abierto el camino al Espíritu Santo:

         Ya no hay abismos, el grito de Jesús desde la cruz le dice al mundo que el abismo que creó el pecado entre Dios y el hombre ya no existe, en lugar de ese abismo ahora hay un puente entre Dios y el género humano, la cruz es el puente, la cruz es el puente que nos lleva hasta la presencia de Dios, la cruz de Jesús ha revelado la justicia divina y ahora es posible ser salvados, la salvación es don de Dios, regalo de vida para todos los que creen.

         “El reloj de la gracia marcó la hora,

el momento por siglos esperado;

el viejo Adán sería liberado

de su larga prisión desoladora.

Ha llegado ya la fiesta redentora

y Jesús ha de expiar nuestros pecados.

-“¡Oh Dios, qué infierno! ¡Dios, me has abandonado!

¡Padre, líbrame!, grita Jesús. Llora.

Mas de nuevo Jesús vio aquella gloria

que del Padre ya había recibido,

vio encendidas las luces de la historia

y vio a Adán de gloria revestido,

y supo que la cruz era victoria,

y dijo Sí de nuevo, estremecido.

¡”Sí, todo está cumplido!”

Y Volvió a llover el agua del Espíritu,

esta vez fue un torrente concentrado

en un inmenso y limpio corazón,

que se abrió con la lanza del soldado.

Las aguas puras son sacramentales,

dejando salvación, gracia a su paso.

Riegue también, Señor, mi pobre tierra

el agua que brotó de tu costado.

¡”Sí, todo se ha consumado”!.


SÉPTIMA PALABRA

PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU”

(Lc. 23,46).

         Después de haber cumplido su obra en el mundo, ¿qué le quedaba a Jesús?, sólo le quedaba invocar la misericordia del Padre para ser restaurado a la gloria que tuvo con Él desde antes que el mundo existiera, como dice Juan 17,5.

         Ese Viernes Santo, el primer Viernes Santo de la historia, es el gran día de cada hombre. Aparentemente los hombres juzgaron a Jesús y lo hallaron culpable. Sin embargo, y éste es uno de los sentidos del relato, por paradoja divina el reo se constituyó en juez del mundo de la iniquidad, cuya culpabilidad fue descubierta.

         Uno a uno desfilan ante Jesús los distintos tipos de hombres que componen nuestra sociedad, y cada uno tuvo que enfrentarse con su conciencia –representada por Jesús- La Verdad y la Vida, y en ese enfrentamiento cada uno mostró ser quien realmente era.

         Primero Pedro y los apóstoles, aparentemente fieles seguidores de Jesús, y que delatan su cobardía. No habían entendido nada.

         Judas, la traición al hombre.

         Anás y Caifás, los guardianes del orden religioso, que abusan de su situación de hombres sagrados para dominar a los hombres, amparados por su prestigio y por el apoyo del poder político.

         Pilato, el poder civil,  el juez de los sediciosos, pusilánime, sin convicciones, especulador, asesino legal.

         Los guardias, expresión de la brutalidad humana descontrolada, al servicio de una causa que no conocen, pero a la que igualmente sirven.

         El pueblo, llevado por sus sentimientos, engañados por sus líderes, usado para fines inconfesables bajo la cortina de humo del patriotismo y la defensa de los valores religiosos.

En fin, María, las mujeres y Juan, los que no hablan, los que sufren en silencio, los que unen sus sufrimientos al de Jesús para dar vida a los hermanos.

       Así este Viernes Santo es el día de nuestro juicio. Cristo clavado en la cruz es una llamada para que cada uno mire al fondo de sí mismo y reconozca su pecado, tan hábil y sutilmente disimulado.

         Todos tenemos nuestra parte en este drama humano amasado por el egoísmo; todos somos cómplices de una sociedad utilitaria, individualista, intolerante, que recurre al insulto, a la calumnia, al chantaje, a la presión moral, al silencio, al desprecio.

         Por fin Jesús puede dormir y descansar en paz.

         Jesús se dispuso a entregar su Espíritu en las manos amorosas del Padre, a confiarle su vida, su alma, su ser entero. Al morir Jesús entregando su alma entre las manos del Padre, nos muestra que es necesario dejar a Dios ser Dios en nosotros, en nuestras vidas, en nuestra historia, en nuestras muertes.

         Hermanas y hermanos, con esta séptima Palabra de Jesús, la búsqueda ya es encuentro, el deseo ya es posesión, la súplica ya es don.

         La primera palabra de Jesús en la cruz, fue PADRE: “Padre perdónalos...”, y Padre fue la última: Padre en tus mano...

         Después de entregar su espíritu al Padre, expiró.

         Este es el secreto, PADRE, abandonarnos en sus manos amorosas, descansar en él. Confiar en Él.

         Estate, Señor, conmigo

siempre, sin jamás partirte,

y, cuando decidas irte,

llévame, Señor contigo;

porque el pensar que te irás

me causa un terrible miedo

de sin yo sin ti me quedo

de si tú sin mí te vas.

         Por eso, más que a la muerte,

temo, Señor, tu partida

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte;

pues la inmortal que tú das

sé que alcanzarla no puedo,

cuando yo sin ti mi quedo,

cuando tú sin mí te vas.

CONCLUSIÓN

         “Cómo levantó Moisés la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn. 3,14-15).

         Este texto de Juan en el diálogo de Jesús con Nicodemo, que ya citamos al principio, es bellísimo. Nos pone ante nuestros ojos la generosidad divina, su inmenso amor, la salvación realizada gratuitamente por Jesucristo, el Cordero de Dios que lava con su sangre los pecados del mundo,  desde el árbol de la cruz y la necesidad de la fe.

         Tanta generosidad, tanto amor, que Dios nos entregó a su Hijo. Tanta gracia, que el Hijo no viene a condenar, sino a salvar. Tanta generosidad, tanto amor y  tanta gracia, que entregó su vida por nosotros, puesto en alto, como la serpiente de bronce para los hebreos en el desierto.

         “Mordidos por serpientes venenosas,

-¡Oh ese viejo enemigo, la serpiente!-

gritaban su dolor, su sed ardiente,

y clamaban con súplicas piadosas.

Dios les da una señal maravillosa:

Los pone en un madero, frente a frente,

una serpiente de bronce refulgente,

medicina de gracia generosa.

         Les basta con mirar, es todo un reto,

se juegan vida o muerte en la mirada

a la serpiente en bronce y al madero.

         Es todo un signo, y este es su secreto,

mirar con fe, creer gracia anunciada,

y cambiar la serpiente por Cordero.

         Es ahí donde tenemos que mirar, a la cruz levantada en lo alto del monte, donde estuvo clavada la salvación del mundo, donde estuvo clavado el Cordero de Dios, para encontrar la vida.

         Desde la cruz y con la entrega de su Espíritu a su Padre, Jesús nos dice, que desde Él:

·        El sufrimiento, ya no es una realidad maldita. Está redimido y no tiene porqué perderse ni un gramo de dolor. Todo debe ser gracia.

·        Tu cruz y la mía, ya es más llevadera. Ya nunca iremos solos con la cruz.

·        El sufrimiento y la muerte no conducen a la nada, sino a la Pascua. Lo último no es el dolor, sino la dicha. Lo último no es el vacío, sino la plenitud.

Pero no podemos quedarnos aquí.

Porque Jesús fue bajado de la cruz y colocado en un sepulcro nuevo.

Desde ese sepulcro nuevo, irradió una luz en la mañana del primer día de la semana, una luz que tiene que seguir irradiando hoy en nuestro corazón porque es una puerta abierta a la esperanza. La puerta de la victoria y de la vida, la puerta de la resurrección, que no fue solo suya, sino también la tuya y la mía.

Belleza inigualable, Señor resucitado,

eres la Flor, el triunfo de la vida,

en tu muerte, toda muerte está vencida;

te elevas, y te quedas a mi lado.

Estás de amor y gloria coronado:

envuélveme en tu luz amanecida,

quiero besar, quedarme en esa herida

espléndida, gloriosa del costado.

Y estás aquí también,

en Verdeluz,

estás también aquí Resucitado

en cada corazón que ama y que espera,

el miedo y la tristeza desterrando,

clavando en este pueblo tu bandera

de amor, la sangre enarbolando.

Cristo-Luz, eterna Primavera.







Tomás García Torres















        









                                                                                                 











        









         ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. No está



aquí, ha resucitado como había dicho...”  (Lc. 24,5-6)













        




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