Blog de difusión de la Lectio Divina: Lectura, reflexión, contemplación, oración. "Dad gratis lo que gratis habéis recibido". No sólo no prohibo, sino que os invito a dar a conocer y difundir, el contenido de este blog", y además con agradecimiento. Gracias, amigos, amigas, hermanos.¡Por cierto!, cuando entres, dale a "iniciar sesión", porque así podré agradecértelo.
viernes, 24 de febrero de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
ESTE ES MI MENSAJE DE CUARESMA PARA TI, SI LO ACEPTAS
LA CUARESMA, UNA LLAMADA AL CAMBIO
¿A QUÉ CAMBIO? ¡TÚ SABRÁS!...
¡VIDA! ¡VIDA! CAMBIO AL DIOS DE LA
VIDA
AL QUE ES “CAMINO, VERDAD Y VIDA”
Dentro de unas horas comenzamos la cuaresma, y la comenzamos con una llamada al cambio: “Se
ha cumplido el plazo…convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15)
Un día, Jesús,
camino de Cesarea de Felipe, le pregunta a sus discípulos: “Quién dice la gente que soy yo…”
La verdad es, que no es fácil
contestar a la pregunta. Con los labios decimos muchas cosas que luego negamos
con nuestra vida. Decimos que es nuestro Maestro, ¿pero estamos aprendiendo a
vivir de él y de sus enseñanzas? Le llamamos Señor, ¿pero no vivimos sirviendo
a otros señores como el dinero, el poder, el bienestar o el sexo? Lo confesamos
como Liberador y redentor, ¿pero no seguimos encadenados a ataduras que nos
impiden vivir al servicio del reino de Dios? Admitimos que Él es el camino que
debemos seguir, la verdad que debemos creer, y la vida que debemos vivir, ¿pero
no preferimos andar por nuestras propias veredas?.
Los apóstoles
no entendían a Jesús. Éste les estaba diciendo que su vida iba a terminar como
terminan los últimos de este mundo (juzgados, condenados y ejecutados como
malditos) y ellos se ponen a discutir sobre quién es el más importante. Él “último
de este mundo” En cambio, sus apóstoles pensaban al revés y aspiraban
justamente a lo contrario: a ser los primeros. Lo mismo sucede en nuestros
días: discutimos sobre quién tiene razón, quién es más católico, quién es más
fiel al Papa… Jesús nos volverá a decir: “El que quiera ser el primero deberá
ser el último de todos y servir a todos”.
Al final,
hermanas, hermanos, no hemos entendido nada. Por eso el Señor te regala este
tiempo de gracia y de salvación. Pablo describe la salvación como gracia, como don gratuito que hemos de
acoger, y nos invita: “os pedimos que os reconciliéis con Dios”.
Una llamada al cambio: “Se
ha cumplido el plazo…convertíos y creed en el evangelio”, (Mt 1,15)
Cierto, se ha cumplido el plazo, se
cumplió cuando un tal Jesús de Nazaret, un dudoso profeta y un más dudoso
mesías, irrumpió en la historia anunciando algo nuevo, algo distinto: “Mirad,
se ha cumplido el plazo” (….algo nuevo
alborea, ya está brotando, ¿no lo notáis? (Is 43,18)
Eso algo nuevo que alboreaba era un
plan de salvación para ti y para mí, para el hombre, para todo aquel que estaba
atado a la esclavitud de la enfermedad, del pecado, de la muerte. Algo nuevo
empieza a brotar. “Los ciegos ve, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los
muertos resucitan y dichosos los que no se escandalizan de mí” Esto le contesta el “dudoso profeta” a los
enviados de Juan cuando van a preguntarle: “Eres tú el que ha de venir, o tenemos que
seguir esperando”.
Me temo que vivimos en una Iglesia
que sigue esperando, no tenemos una Iglesia que haya tomado, como su Maestro,
una opción preferencial por los pobres de este mundo. El Santo Padre Benedicto
XVI en el último Dicasterio donde se nombraron a los nuevos cardenales, (con
todos mis respetos, un cargo obsoleto, inservible, cuando tenemos (EL SÍNODO DE
LOS OBISPOS, LOS OBISPOS, AL MENOS SON SUCESORES DE LOS APÓSTOLES, ¿LOS
CARDENALES DE QUIÉN?) Obvió los
documentos que han salido en los medios con luchas de poder internas, pero les
pidió a los nuevos Cardenales “austeridad de vida”.
Esas palabras, evidencian, que alguna
lucha de poder hay.
Al final, volvemos al principio, no
hemos entendido nada: “Por el camino iban discutiendo quien era el
más importante” (Mc. 9,30ss)
El más importante, hermanas y
hermanos es el que se convierte en siervo, como su Maestro, que no vino a ser
servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
El más importante es el que antepone
el interés de los demás, a su propio interés, el que como dice Pablo, considera
a los otros como superiores a él mismo.
Jesús nos da un toque de atención para que
miremos la realidad con los ojos de Dios y sepamos descubrir dónde está el
Reino. Mirada positiva y esperanzada, llena de fe, esperanza y amor.
Dónde está Dios,
dónde está el Reino de Dios:
·
En tu corazón, en tu interior. Estamos bautizados, somos templo de
Dios, tenemos el Espíritu Santo.
·
En los Sacramentos: en la Eucaristía, la Reconciliación, en estos
momentos cuando Dios se nos muestra con más claridad.
·
En la Palabra de Dios.
·
En la Iglesia, una sola Iglesia que es santa, y al mismo tiempo
necesitada de conversión. En nuestra comunidad, en nuestra Hermandad, en
nuestra parroquia.
·
En la oración que hacemos solos en la intimidad, y cuando nos
encontramos en grupo.
·
En aquellas situaciones que dan testimonio de nuestra fe.
·
En los momentos de servicio generoso y gratuito. Cuando ayudamos a
un pobre, cuando visitamos y acompañamos a un enfermo o a un preso, cuando
escuchamos a alguien, cuando enseñamos y aconsejamos, cuando, en definitiva,
vivimos las obras de misericordia.
·
Siempre que amamos de verdad. Amar significa tocar, una frente ya
ajada de años, una mano, que sufre una enfermedad terminal.
·
En las personas, especialmente en aquellas menos amadas y
valoradas, en aquellas que les falta lo necesario para vivir con dignidad, y en aquellas que
teniéndolo todo no tienen nada en su interior.
Y la lista puede
continuar. Dios es Dios y no lo podemos contentar ni limitar. Busquémoslo,
miremos la vida e intentemos ver dónde se encuentra Dios para unirnos a Él.
Este es el tiempo
favorable, este es el tiempo de la salvación, para la Iglesia y para ti, para
todos. ¿Sabes por qué?. Porque te lleva a la PASCUA, y Pascua significa que la
vida ha ganado, no han vencidos las tinieblas ni la muerte, sino la luz y la
vida. Por fin, el grano de trigo que se sembró en la tierra el Viernes Santo,
ha resucitado en espiga de primavera el Domingo santo de la Pascua.
Tomás García Torres
lunes, 20 de febrero de 2012
PALABRA DEL DÍA
Lc 5,27-32
En aquel
tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los
impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con
ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron
a sus discípulos, criticándolo: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y
pecadores?”. Jesús les explicó: “No necesitan médicos los sanos, sino los
enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se
conviertan”.
REFLEXIÓN
Muy
de acuerdo con el pensamiento profético, Jesús desconfía de una religión que
coloca el acento en el culto.
Porque
un culto vacío no sirve de nada. Jesús coloca el acento en la misericordia,
interpretada como una señal de acogida para los pecadores. Con su lenguaje,
casi permanentemente paradójico, Jesús elige a los pecadores y rechaza a los
justos, como si se empeñara en escandalizar nuestra sensibilidad.
Aunque
el concepto de justo para nosotros no es el mismo que el de Jesús.
Nos
llama la atención en primer lugar que son los pecadores los privilegiados en el
Reino de Dios. Es Leví, un pecador público, vendido al poder extranjero y
extorsionador de su propio pueblo, quien es llamado para formar parte del grupo
apostólico. Y son pecadores los que se sientan a la mesa con Jesús.
Pero
estos pecadores no se trata de personas que han cometido tal o cual pecado,
sino de personas que viven al margen de las prácticas religiosas reconocidas por
los escribas y fariseos, son los que
desafían a la institución religiosa, mereciendo, por lo tanto, su condenación.
Esta
situación los predispone a revisar su vida con más libertad, viéndose a sí
mismos en cuanto personas y no como meros miembros de una institución
religiosa.
Si
no nos reconocemos como pecadores, podremos pertenecer a una institución
religiosa, pero no al reino anunciado por Jesús.
Declararnos
pecadores ante Dios es, simplemente, presentarnos ante él tal cual somos.
Aunque pertenezcamos formalmente a la Iglesia por el bautismo, no consideremos
ese lazo jurídico como un salvavidas o un certificado de buena conducta.
Jesús
no sólo llama a los pecadores a su mesa, sino que deja a un lado a los justos.
Llama irónicamente justos a los que cumplían estrictamente los mandatos de la
institución religiosa, creyendo, por eso mismo, que su salvación estaba
asegurada y que Dios debía sentirse obligado a compensar sus buenos servicios.
Jesús,
en el llamado que hace a Leví, el futuro apóstol Mateo, manifiesta, una vez
más, la coherencia de ese Dios fiel a sí mismo y al hombre. En la alianza
definitiva de amor de Dios por el hombre, sellada en la sangre de Cristo en la
cruz y todavía más en su resurrección quedó de manifiesto la decisión
irrevocablemente amorosa del Padre por salvar al hombre, esto explica la
afirmación de Jesús: No he venido a salvar a los justos sino a los pecadores.
Todos
quedamos incluidos en esta categoría de pecadores, puesto que ninguno de
nosotros podemos alcanzar la salvación por méritos propios. Así que todos somos
llamados como Leví a seguir a Jesús, es decir a convertirnos en discípulos para aprender a vivir como
hijos de Dios.
Esto
es lo que nos hace darnos cuenta que el culto, el ayuno, la misericordia que
Dios quiere es otra cosa.
En
este aprendizaje de discípulos, tiene mucho que ver el trato permanente de Dios
que nos permite el conocimiento que él quiere que tengamos de él. Este conocimiento
no es meramente conceptual, no se trata de saber mucho sobre Dios, sino de
vivir a Dios en la persona de su Hijo Jesucristo, con su mismo sentir y su
mismo pensar.
Cuando
llegamos a un conocimiento auténtico de Dios es cuando empezamos a pensar como
él piensa, a sentir como él siente, a hablar como él habla, a amar como él ama.
ENTRA EN TU INTERIOR
“No tienen necesidad de médico
los sanos, sino los enfermos”. Frase que los
Fariseos, enfermos terminales de orgullo, autosuficiencia y desprecio de los
demás, no debieron entender como dicha también para ellos. En todo caso, las
afirmaciones de Jesús sobre la preferencia por los pecadores y marginados de la
salvación, como en la parábola de la oveja perdida, no excluyen la atención y
el amor a los demás, a todo el que con sinceridad de corazón busca y sigue a
Dios, si bien entre cansancio y esperanzas, como hombres y mujeres débiles que
son y somos todos.
Jesús provocó intencionadamente
el escándalo de los puritanos tomando partido por “las ovejas perdidas de la
casa de Israel”, para dejar patente la misericordia de Dios, que incita a la
conversión, acoge y perdona al pecador, es decir, a todos los hombres, a todos
nosotros.
En la última cena, Jesús lavará
los pies de los pecadores. Enviado por Dios, sabe muy bien que el mal no
cicatriza al instante, y que los
discípulos le negaron apenas terminada la cena. Pero también sabe muy bien que
la salvación del hombre está en el amor. Y el amor sólo existe si se comparte
la condición del otro, hasta darle una confianza sin medida. Y precisamente
esto es lo que los judíos nunca podrán comprender. Jamás aceptarán comer con
los pecadores… entonces, ¿para qué van a la mesa del Señor?
ORA EN TU
INTERIOR
Tú que sigues viniendo a llamar
a los pecadores, líbranos de nuestra suficiencia, abre nuestros ojos al mal que
nos roe.
¡Señor, ten piedad!.
Tú
pones la mesa del perdón y nosotros nos obstinamos en justificar nuestra
conducta.
¡Señor
ten piedad!
Mira,
somos publicanos y pecadores, pero tu amor nos ha seducido. Queremos vivir
contigo.
¡Señor
ten piedad!
Dios
santo, amor que no falla, mira nuestro egoísmo y nuestra pereza: ¡perdónanos y
danos tu espíritu! Dios perfecto, misericordia infinita, mira nuestras
divisiones y rencores: ¡sosiéganos y danos tu espíritu!
Dios vivo, Palabra de
fuego en el corazón del hombre, mira nuestra oración que te implora:
¡santifícanos y danos tu espíritu!
ORACIÓN
FINAL
Dios
de misericordia, gracias por tu cariño abrumador. Te bendecimos, Señor, porque
en la vocación de Mateo diste pruebas de creer en el hombre, a pesar todo.
Nosotros encasillamos fácilmente a los demás, pero tú brindas siempre una
oportunidad de conversión.
En
este día tú me llamas también a mí personalmente. Quiero mejorar en esta
cuaresma, quiero soltar lastre para seguirte con absoluta disponibilidad y
alegría. Ábreme, Señor, los ojos para no excusar mi conducta y enséñame el
camino para que siga tu verdad lealmente. Amén.
Viernes después de Ceniza
PALABRA DEL DÍA
Mt 9,14-15
En aquel
tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué
nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no
ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda,
mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y
entonces ayunarán”.
REFLEXIÓN
EL AYUNO
QUE DIOS QUIERE.
Una pregunta
malintencionada: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus
discípulos no ayunan?”. Jesús, que había ayunado durante cuarenta días
en el desierto, responde: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del
novio mientras el novio está con ellos?”. No se estila ayunar en las
bodas. Jesús es el novio de los esponsales de Dios con su nuevo pueblo y con la
nueva humanidad de los tiempos mesiánicos, inaugurado por el reino de Dios en
la persona de Cristo. “Llegará un día en que se lleven al novio,
y entonces ayunarán”, concluye Jesús. Cuando les falte el novio
–alusión probable a la muerte violenta de Jesús-, entonces ayunarán sus amigos
y discípulos. Es decir, el sentido figurado del ayuno, sufrirán tristeza y
desolación, dificultades y persecución por serle fieles en la misión recibida.
Pero a partir de Jesús, cumplido el
tiempo de la espera, el ayuno no tendrá el mismo significado de antes.
No olvidemos que el
ayuno que el Señor quiere es la conversión a él y al amor de los hermanos, es
el ayuno del egoísmo, compartiendo con los demás lo que se tiene.
ENTRA EN TU INTERIOR
Aunque se haya mitigado el ayuno
de alimentos, no se ha mitigado el ayuno del vicio y del pecado, de la soberbia
y de la lujuria, de la obsesión de tener y gastar: San Agustín decía; “Para ayunar de veras hay que abstenerse, antes de
nada, de todo pecado”.
Y de acuerdo con el precioso texto del profeta Isaías que nos
ofrece la liturgia hoy, no olvidemos un vicio del que hemos de ayunar siempre,
y más en Cuaresma: la fiebre del consumismo. Porque es una bofetada a tantos
hermanos y hermanas nuestros que padecen necesidad.
“El ayuno que Dios quiere es
este: partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir
al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne”
ORA EN TU INTERIOR
Gracias, Padre, por este tiempo
de conversión, de cambio. Te bendecimos por Cristo, en quién brilla la
esperanza. Te alabamos por el Espíritu que viene a renovarnos en santidad.
Haz, Señor, que comprendamos que
el ayuno que a ti te gusta es compartir lo nuestro con los hermanos que pasan necesidad.
ORACIÓN
FINAL
Te pedimos
por los que malogran su vida amontonando cosas: que descubran el valor de la
pobreza, que sean capaces de cambiar el deseo de poseer, de tener, por el
anhelo de compartir. Te encomendamos a los que carecen aún de lo necesario para
vivir con dignidad, que encuentren la ayuda de una mano generosa. Amén.
JUEVES DESPUÉS DE CENIZA
PALABRA DEL DÍA
Lc 9,22-25
En aquel
tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer
mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser
ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que
quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se
venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que
pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo
entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?”
REFLEXIÓN
Después de anunciar Jesús su pasión, muerte
y resurrección, viene a decir a sus discípulos que ser cristiano tiene un alto
precio, no es un título honorífico. He aquí las condiciones para su
seguimiento: “El que quiera seguirme, que
se niegue así mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el
que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa,
la salvará”.
Este es el secreto de la Cuaresma, perder la vida para
ganarla, como Cristo, en plena solidaridad con él. Hemos comenzado el camino
hacia la Pascua, Jesús nos dice, que para alcanzar esa meta con él hemos de
renunciar a algo; más aún, hemos de renunciar a nosotros mismos.
En el horizonte de la Cuaresma
hay que situar la Pascua como meta y punto de referencia. El camino hacia ese
objetivo tiene un doble acento
sacramental: la penitencia y el bautismo, Los tres grandes sacramentos de la
renovación cuaresmal son el bautismo, la reconciliación y la eucaristía, porque
los tres son eminentemente sacramentos pascuales.
ENTRA Y
ORA EN TU INTERIOR
Dios
de la vida, mañana siempre amanecida de nuevo, te pedimos comprender ya al
principio de la Cuaresma el secreto del seguimiento de Cristo, tu Hijo:
autorenuncia y sacrificio para ganar la vida con él.
Sabemos
que la cruz es semilla de resurrección, de vida; haz que la llevemos cada día
en unión con Cristo. Preferimos la vida
a la muerte, la gloria a la nada. No permitas, Señor, que sigamos el camino
equivocado. Ser cristiano tiene un precio, y lo pagaremos gustosos.
Haz,
Señor, que sepamos profundizar en nuestro bautismo, que seamos capaces de dar
muerte al pecado para vivir para ti.
¡Ayúdanos,
Señor, con la fuerza de tu Espíritu!. Amén.
SEMANA DE CENIZA
La gran cuarentena comienza al son de
trompetas. Todo el pueblo es convocado al ayuno en la Iglesia, asamblea santa.
Al final de la cincuentena pascual, el profeta Joel anunciará la efusión del
Espíritu sobre “toda carne” (Pentecostés). El ayuno de la cuaresma no es una
práctica de penitencia individual, sino una larga celebración en la que la
Iglesia convoca a los hombres para que dejen que el Espíritu renueve sus
corazones. Entonces, del polvo de nuestras cenizas brotarán la vida y la
fiesta.
Hoy
debemos partir, recuperar nuestros orígenes nómadas, tomar el camino de la
vida. Camino de cruz, hecho de humildad, desprendimiento interior, justicia y
amor al hombre. Camino por el que la Iglesia va a la búsqueda del Esposo que le
ha sido arrebatado, en el silencio del desierto y la verdad del corazón. Pero
la fe sabe que la cruz anuncia la resurrección y que ninguna noche se prolonga
sin desembocar en la aurora pascual. Los pecadores ya están invitados a la mesa
mesiánica por aquel que ha venido a llamar a los enfermos y no a los sanos.
¿No
debería ser nuestro ayuno, en el sentido estricto del término, un “ayuno
eucarístico”, un despojarse de todo para, al fin, gustar la alegría de la mesa
de la reconciliación? Mesa en la que el Esposo nos da ya el nuevo vino de la
fiesta. El cristiano, cuando hace penitencia, conoce la paz interior de la vida
y del perdón y, si va al desierto, es porque allí puede Dios hablar a su
corazón; pero en el silencio, y en esta ausencia, que es la única que puede
abandonar nuestro deseo.
¡Es
hermoso ayunar para ti, Dios, vida nuestra, y dejar que el hambre profundice en
nosotros el deseo de un mayor amor!.
Siguiendo
a tu Hijo Jesús, iremos al desierto, y de nuestro despojo de cada día renacerá
una humanidad nueva, fruto de la gracia y la pobreza.
Bendito
seas por la mesa del pan partido, donde son reconciliados los que se dan a ti
sin reservas. Y bendito sea el día en
que tu Iglesia conozca con qué ternura la amas mientras camina por los duros
senderos de la cruz.
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